
Hoy en las noticias de una página de internet leí sobre la destrucción que sufrió una de las impresionantes estatuas de la Isla de Pascua. Resulta que un turista irlandes cortó una oreja de una estatua, pues quería llevarse de regreso a casa, un recuerdito de su visita a la isla.
Es triste que cada vez nos preocupemos por conservar el patrimonio que pertenece a toda la humanidad, la Isla de Pascua, además de sus estatuas, reviste un misticismo proveniente del misterio que rodea a la cultura que alguna vez la habitó, además de que las estatuas representan el logro del ingenio humano, que con pocas herramientas disponibles, pusieron en pie semejantes colosos. El trabajo es similar al de muchas otras culturas, como la Egipcia, la China, la Griega o la Romana, que, por lo demás, tampoco se han salvado de ser saqueadas a lo largo de la historia.
Pero es más irónico que, en muchas ocasiones, son los mismos habitantes de dichos lugares quienes provocasn ese deterioro y destrucción. Basta recordar que, durante una de las últimas huelgas de los estudiantes de la UNAM, uno de los pseudoestudiantes tuvo a bien pintar un grafitti en uno de los murales de rectoría. ¿Protesta o total desconocimiento o desinterés por lo que esos murales representan? Esto sólo por mencionar un ejemplo.
Quizá sea momento de preguntarnos, soy mexicano porque doy el grito el 16 de septiembre y apoyo a la selección nacional o porque estoy realmente preocupado por conocer y respetar nuestro pasado para poder verdaderamente proyectarnos al futuro.
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